lunes, 7 de agosto de 2017

Buenos Aires Herald: La historia de un diario incómodo

El Diario BAE, dedicó el suplemento Lunes al cierre del Buenos Aires Herald y su “periodismo militante”
Más de un siglo de cambios en el país moldearon el perfil de un medio gráfico comprometido
Por: Oscar Muñoz, omunoz@diariobae.com
Hacia 1876, la sanción de la “ley Avellaneda”, que promovía la inmigración europea al Río de la Plata, estaba a punto de cambiar el perfil genético del país. Buenos Aires era por entonces una ciudad de cuarto millón de habitantes que iba dejando lentamente atrás su condición de “gran aldea”, pintada por Lucio Vicente López en las páginas de esa novela fundacional, donde la próspera comunidad británica revestía influencia desde antaño.

En ese contexto, fundar un diario para capitalizar su identificación presentaba interesantes perspectivas. Pero había un problema, ya existía desde hacía quince años y se llamaba The Standard.

Esa presencia previa no disuadió al escocés William Cathcart, de larga residencia porteña. Con la experiencia de una vida dedicada a hacer negocios, decidió que había lugar para dos y bautizó su emprendimiento The Buenos Aires Herald.

El primer número no prometía demasiado. Se presentaba como una simple hoja rellena con publicidad en la portada e información sobre el movimiento portuario en el reverso. Las noticias breves de la colectividad aparecían repartidas sin mayor orden.

Ya fuera porque Cathcart se quedó pronto sin energía o descubrió que era mejor inversión venderlo que mantener su periodicidad semanal, al año siguiente le traspasó la propiedad a un comerciante estadounidense. Más joven, vital y ambicioso, D.W. Lowe canalizó en el modesto Herald sus inquietudes políticas. Le impuso una circulación diaria -cuando había suficiente material, al menos- y lo convirtió en una voz digna de ser tenida en cuenta. Tanto, que cuando el general Julio Argentino Roca aprestó su hoy discutida Campaña al Desierto (1879), convocó a un periodista del medio para que integrara la comitiva, en calidad de corresponsal “desde el frente”. Antes y después, Lowe también tuvo destacada participación en asuntos internos. Medió en un acuerdo sobre límites marítimos entre la Argentina y Chile (1878) y participó de las negociaciones que derivaron en la federalización de la ciudad-puerto de Buenos Aires (1880).

Más cambios sobrevendrían en los años siguientes. El nuevo propietario-editor, Thomas Bell, pertenecía a la familia fundadora del suburbio residencial platense de City Bell, y prefería para su periódico una impronta más discreta, flemática Así, durante su gestión, el Herald se volcó puertas adentro de la comunidad a la que representaba, focalizándose en el rubro de los negocios.

Su sucesor en la dirección, Hugh Lancelot Lyall (1913) inauguró la era de los editoriales con peso, que serían otra marca registrada del medio desde entonces.

Desatada la Primera Guerra Mundial, cientos de anglo argentinos egresados de los exclusivos colegios británicos sintieron el llamado de su Madre Patria y corrieron a alistarse con destino en las trinchera de Francia. Para los padres, familiares, esposas, novias, que se quedaban de este lado del gran charco, el Herald se convirtió en una fuente de información que respondió a tanta urgencia y ansiedad con un ritmo diario sin pausa, acorde a las circunstancias.

Cuando la propiedad pasó a manos de los hermanos Rugeroni, quienes a priori no pasaban very british, pero ya contaban con dos generaciones de residencia en las islas, el regreso de Lyall (se había alejado en mitad del conflicto) contribuyó a consolidar al Herald como el preferido de la comunidad, triplicando al señero Standard en ventas. Para señalar: uno de los apellidados Rugeroni había sido bautizado Junius Julius debido a su nacimiento en la medianoche del cambio de mes.

Con el mundo nuevamente en llamas, la dirección del Herald pasó a manos de Norman Ingrey, un profesional con viajado background que terminó de definir los parámetros del medio para las próximas décadas: periodismo puro en habla inglesa con una mirada crítica y mordaz (dejando deslizar cierto sentimiento de superioridad), sobre la realidad local.

Como en todos los órdenes del país, la llegada del peronismo al poder, promediando los ’40, puso al Herald frente a nuevos desafíos, aunque fue la inestabilidad propia de las etapas siguientes signadas por golpes de Estado, la que deparó las respuestas periodísticas más efectivas.

“El Herald dice en inglés lo que otros diarios ocultan en castellano”, lisonjeó Rogelio Frigero co fundadador de Qué, una semanario de orientación desarrollista lanzado para apoyar la candidatura de Arturo Frondizi y que congregaba al espectro nac& pop. Sin renegar nunca de su latente antiperonismo, mucho tiempo después, el director de entonces, Robert Cox refutó que no reportaron nada tan “grave que no pudieran publicar otros diarios” hasta el golpe cívico militar de 1976.

Fue para esa época que el Herald se instaló en un funcional edificio frente al puerto, donde montó redacción y talleres propios. Hasta ahí comenzaron a peregrinar familiares de los detenidos desaparecidos por el régimen, que eran recibidos por Cox con la garantía de publicación de sus denuncias. En ese contexto de silencio impuesto por el terror, el Herald se ganó sus mejores laureles, recibiendo el IAPA-Mergenthaller Plaque (1977) y el Moors-Cabot Prize (1978). Pero el precio a pagar se cobró el exilio forzado de uno de sus editores, Andrew Graham-Yoll y del propio Cox, reemplazado por James Nilsson.

El otoño de 1982, todavía en dictadura, puso al medio ante una compleja dicotomía, como la colectividad a la que le hablaba. El conflicto del Atlántico sur avivó una súbita anglofobia que se manifestaba de manera oficial en la prohibición de difundir música en inglés. El Herald sufrió el boicot de la distribución de sus ediciones, quizás, como mal menor. Un grupo de oficiales de las tres Fuerzas Armadas habían propuesto al entonces jefe de los distribuidores de diarios, volar las rotativas de Azopardo, sospechando que se trataba de un nido de espionaje inglés. Aun cuando el 60% de las acciones pertenecían por entonces a capitales estadounidenses. Un detalle.

La falta de Justicia es el lugar más solitario del mundo
Por: Uki Goñi, @UkiGoni
Cuando yo me establecí en Argentina tenía 21 años y venía de terminar el bachillerato y empezar la universidad en Dublín, Irlanda. Como cualquier nuevo arribo, caminé por la 9 de Julio. Y para mi gran sorpresa, vi un anillo gigante giratorio alrededor del obelisco que decía: “El silencio es salud”. No lo podía creer. Me habían teletransportado magicamente desde la novela “Ulysses” de James Joyce a la novela “1984” de George Orwell. Solo que estabamos todavía en los 1970s.

Rapidamente me di cuenta que ahí había un mensaje subliminal que los argentinos aceptaban sin analizar demasiado. Inclusive, como ahora sabemos, los marinos adornaron el pasillo al que abrían las salas de tortura del sótano de la ESMA con dos carteles: “Avenida de la Felicidad,” y “El Silencio es Salud.”

Pero yo me rebelaba contra aquel mantra fascista. El único otro lugar donde tampoco entraba, me di cuenta, era el Buenos Aires Herald. Recién llegado, conociendo a casi nadie en Buenos Aires y totalmente fuera de sintonía con las pasiones políticas e ideológicas que permeaban esta sociedad en aquel entonces, gravité naturalmente allí, primero como colaborador freelance, y desde 1977 como periodista full-time.

Decir Buenos Aires Herald es expresarse mal. El Herald en ese momento era Robert Cox. Cox salvaba vidas. No fue por valentía. En esa redacción nadie era valiente. Temblábamos de miedo. Cox sudaba de miedo. Copiosamente. Literalmente. Yo veía gotas de terror frío deslizarse de su frente y caer sobre el papel en el que tecleaba sus editoriales defendiendo la vida de los perseguidos por la dictadura.

A pesar de la diferencia de edad, yo veinte y pocos, Cox cuarenta y pocos, hicimos una amistad. Pasé a llamarlo “Bob”. Sigue siendo una de esas amistades inglesas que no se mide por la fuerza de un abrazo, sino por la conexión intelectual con el otro.

Al poco tiempo estaba pasando los fines de semana en la quinta de los Cox en Hyland, tocando la guitarra para sus cinco hijos. “Altogether Now,” de la película “Yellow Submarine” de los Beatles era su favorita. Era la canción apropiada. Estábamos todos juntos y no teníamos a nadie más que nosotros mismos en aquel submarino de colores dentro del cual intentábamos por un rato olvidar la frialdad de una sociedad que le daba su espalda a lo que ocurría.

A los pocos días de empezar en la redacción del Herald en el 1977, Cox apareció frente a mí con una carta en la mano. “Mirá”, me dijo, “esta carta es de Rodolfo Walsh”. Era la famosa carta de Walsh a la Junta Militar, metida por Walsh en el buzón para el Herald minutos antes de ser abatido a 20 balazos por una cobarde patota de la ESMA.

Otra vez, Cox me vino a decir que se tenía que ir a reunir con el almirante Emilio Massera. Cox había recibido un llamado exigiendo que se presente en el despacho del señor de la muerte de inmediato. Cox no siempre avisaba a donde iba. Pero esta vez era diferente. “Te lo aviso por si no vuelvo.”

Un par de horas más tarde, yo ya preocupado, Cox volvió sudando profusamente, completamente alterado. Se zambulló en su oficina. Yo corrí tras él. “Massera me tuvo esperando una hora fuera de su despacho. Después me hicieron entrar. Sin levantar la mirada de unos papeles sobre su escritorio, me dijo: ‘Señor Cox, no quiero ver mi nombre nunca más en su diario’.”

Se me helaron las manos. Hasta me daba miedo estar ahí cerca de Cox. “Ahora andate que tengo que escribir el editorial de mañana,” me dijo. Y cuando abrí el Herald la mañana siguiente, claro, era otra editorial sobre Massera.

Al hablar mejor español que los jovenes pasantes ingleses y norteamericanos que formaban la mayoría de la redacción, me tocó ser el que más recibía a las madres que venían a denunciar la desaparición de sus hijos. No eran las Madres de Plaza de Mayo todavía. Eran simplemente mujeres desoladas que no tenían a quién acudir. Yo tenía 23 años cuando esto empezó. Ellas tendrían entre 45 y 55.

“¿Pero porqué vienen al Herald? Porque la verdad que a este diario no lo lee nadie, se publica en inglés. ¿Porqué no van a los grandes diarios...?” les preguntaba yo. Ellas se mataban de risa, en su terrible circunstancia, y me decían: “Pero hijo. Hemos ido ahí y no nos dejan pasar ni por la puerta.”

“Yo tuve el gran privilegio de gritar cuando todos los demás guardaban silencio,” Cox ha dicho en alguna entrevista. Es así. Cuando el silencio es total, hasta respirar suena como un huracán ensordecedor. El Herald respiraba.

Muchas tardes, alguna madre volvía individualmente. Ya habíamos publicado la desaparición de su hijo. Pero volvían para tener con quien hablar. A veces volvían solo para que les tenga la mano. Yo, con mis 23 años y pelo pasando los hombros creyéndome Jimmy Page, y una madre, que entonces me parecía eterna pero que no llegaría ni a los 50, que no tenía a donde más ir. Rapidamente aprendí que la falta de justicia es el lugar más solitario del mundo.

Para mí, el tema fue siempre en la Argentina, el silencio y la negación. En el Herald, yo podía hablar con Cox y los periodistas ingleses y norteamericanos allí de lo que estaba ocurriendo.

Pero fuera del Herald era imposible. Me quedaba solo con mis palabras. Me cambiaban de tema. “El Silencio es Salud.”

Lo comentábamos con Cox. “Así debe haber sido en Berlín en 1941. Ves gente desaparecer. Sabés que algo terrible está ocurriendo pero no sabés exactamente qué es.”

Sentíamos que estabamos en la burbuja de Maxwell Smart. Que bajaba la burbuja y hablábamos solo entre nosotros lo que estaba ocurriendo.

¿Qué fue lo que los enfermó tanto? ¿Qué es lo que nos colocó en este lugar de indiferencia y de apatía hacía el mal? ¿Y el mecanismo que nos permitía ignorar los crímenes de la dictadura cuando los veíamos ocurrir no será el mismo que nos permite ignorar la corrupción evidente que impregna cada faceta de nuestra existencia actual social y política?

Roberto Barreiro estaba engrillado en el piso de Capucha en la ESMA cuando un marino le arrojó una copia del Herald frente a su nariz. “¿Qué es esto?” exigió saber el represor. “No sé leer inglés,” contestó Barreiro.

Era una copia del Herald de ese día en que Cox, alertado por un pariente, había escrito sobre la desaparición de Barreiro.

“Te salvaste pibe,” le dijo el militar.

Cuando dejé el Herald en el 1983, y por décadas después, pensé que habíamos logrado poco, muy poco. No tenía evidencia concreta que hubieramos salvado a casi nadie. Pero cuando historias como la de Barreiro comenzaron a aflorar muy recientemente, me corrieron las lágrimas. Valió la pena.

Ahora el Herald cerró sus puertas para siempre. No me hace sentir bien ni mal. Para mí el Herald dejó de existir cuando Cox tuvo que exiliarse de Argentina con su familia entera en los últimos días de 1979 por las amenazas contra su hijo Peter. Mí Herald era Bob y su mujer Maud. Ellos salvaron vidas. Ellos hicieron sonar el silencio. Y ellos siguen ahí. Clarísimos como siempre. Más allá de que termine su existencia el vehículo a través del cual en algún momento canalizaron su tremendo amor y respeto por la humanidad.

Un adiós al Herald #PeriodismoQueIncomoda
Por: Andrew Graham-Yooll, desde Sheffield, Inglaterra
Contaron los más viejos de la redacción que en la oficina de uno de los editores colgaba un retrato de Winston Churchill, el famoso primer ministro britá- nico. Hasta que un pesado y caluroso 24 de enero de 1965, fecha en que falleció el eminente político, el cuadro cayó con ruido fuerte a vidrio roto detrás de un armario. Y se perdió de vista, hasta que tuvieron que correr el mueble para mudar al Buenos Aires Herald de la calle Rivadavia a la torre en 25 de mayo y Tucumán. A partir de 1965 el diario se imprimió en lo de Alemann, junto con los diarios Argentinisches Tageblatt, en alemán, La Opinión y otros. La mudanza fue el adiós a la imprenta COGTAL, antes propiedad del Herald que se cooperativizó durante el primer gobierno (1946-1952) de Juan Perón. En esa cooperativa nació la amistad con Raimundo Ongaro (1924-2016), histórico gremialista nacido en Mar del Plata que había sido compositor de música de cá- mara en una provincia andina antes de iniciarse como gráfico en la calle Rivadavia. Esa dirección, detrás del café Tortoni, fue donde más permaneció el diario que inició un escocés como una sola hoja el 15 de septiembre de 1876.

Abundan anécdotas. Un pequeño espacio arriba de la imprenta Alemann era de los correctores donde la disciplina la imponía un irlandés cuya tropa incluía un inglés de gran consumo alcohólico, artista de oleos abstractos, por un tiempo marido de la traductora que había inspirado el personaje de La Maga en Rayuela de Julio Cortazar. Otro corrector era un sueco de unos noventa años, boxeador retirado, a quien un pibe armado trató de asaltar en una parada de colectivo. El sueco le plantó una trompada de tal ferocidad que hubo que llamar a la ambulancia de la Asistencia Pública para salvar al pibe.

En un oscuro y miserable invierno de 1974 nos mudamos a la nueva planta, oficinas e imprenta, en la calle Azopardo. Durante la década siguiente ese domicilio pasó a ser el más conocido del diario. Nadie quiso el mote de prócer, pero así fue visto el diario de Robert Cox a partir de marzo de 1976. La crisis política crecía anterior al triste 24 de marzo. El diario comenzó a llevar una lista de asesinatos políticos (de todos los sectores y agrupaciones) a partir de la muerte de Juan Perón el 1° de julio de 1974. No existe aún hoy otra lista que se parezca a la del Herald. Nadie más la hizo, parecía no importar. El año que ofreció el escenario más siniestro fue 1975, con unos mil muertos identificados o registrados. El diario recibía amenazas casi diariamente, venían ya familiares de “desaparecidos”, llegaban temerosos, llorando algunas veces: les servíamos una taza de té, pero poco se pudo hacer. No hicimos suficiente, quizás no pudimos hacer más.

El diario fue invadido por hombres armados en octubre de 1975. Era la Triple A, con ganas de matar. Cuando fracasó el operativo, se anunció que fue un allanamiento en busca de material subversivo y se inició causa penal por haber concurrido a la liberación del empresario Jorge Born por Montoneros (en octubre de 1983, el presidente Raúl Alfonsín me invitó a ser testigo de cargo contra Mario Eduardo Firmenich, jefe montonero. Naturalmente, concurrí al juzgado federal en San Martín).

Quizás uno de los puntos más importantes del diario en esos años fue que Robert Cox haya concurrido al lugar del asesinato de los pasionistas (4 de julio de 1976) y consignó como nadie que la salvajada había sido obra de sectores militares. El Buenos Aires Herald registró en caliente la historia argentina en su pequeña medida mejor que nadie durante la pesadilla que duró siete años. Mirando atrás, es razonable decir que al margen de los que se quedaron sin trabajo, el gran perdedor por la muerte del Buenos Aires Herald fue la Argentina misma. Es muy triste el cierre del “diario de los ingleses”. Ah, olvidé decir, los dueños siempre fueron liberales “anglo argentinos”, empresa británica nunca, hasta 1968 cuando una empresa norteamericana compró la mayoría de las acciones.

“Él me dijo solamente ‘just do your job’; hacé tu trabajo, nada más”

Entrevista a Robert “Bob” Cox
Por: Horacio Embón
Robert Cox fue el hombre que puso su talento periodístico en un momento muy difícil de Argentina. Está viviendo en Estados Unidos y accedió a conversar sobre su historia en el Herald, que dejó de salir.

¿Cómo recibió la noticia?
Muy triste. Son momentos muy difíciles. Estoy viviendo en los Estados Unidos, donde realmente estamos viendo algo muy magnifico: la reacción en contra de un hombre anti democrático (por el presidente Donald Trump). Y obviamente estaba pensando en los momentos en Argentina y es terrible pensar que una voz de la democracia, como fue el Herald durante toda su historia, se acabó. Es terrible. Es como un gran barco que se hunde. Estaba pensando en la gente que ha pasado por el Herald. Gente magnifica. Están en todas partes del mundo y algunos también todavía en Argentina. Como otras personas que fueron muy valientes durante la dictadura.

Ese barco que describís atravesó tormentas. Atravesó los peores mares. Precisamente en esos momentos tan difíciles y tan duros, cuando otros medios negociaban con el poder de turno, las páginas del Herald publicaban lo que otros no publicaban.
Buenos tuvimos una situación más fácil, pues yo tuve el apoyo totalmente de los dueños del diario.

Sería bueno recordar los nombres de los dueños
Manicov. Tito Manicov, que compró el Herald en el 68 (NdR. El diario fue adquirido ese año por Evening Post Publishing Company de Charleston, editora del periódico Daily News and Courier) y puso de moda la Argentina. Es casi difícil de entender: compró el diario y le gustó tanto que me dijo ‘no estamos interesados en ganancias; vamos a reinvertir todas las ganancias en el diario’. Increible no? Y yo tuve el apoyo de ese gran hombre durante todo el tiempo. El me dijo solamente ‘just do your job’. Hacé tu trabajo, nada más. Y eso es lo más importante en ese momento. Porque era muy difícil al principio saber lo que estaba pasando. Y tuve que volver a la calle, que obviamente me gusto. Y tuve el privilegio de hacerlo.

Claro, del dueño del papel y de la máquina. Recordemos algunos directores, algunos compañeros, algunos momentos, más allá de la dictadura, que valieran la pena estar en ese diario.
Durante el tiempo de Frondizi, cuando el diario estaba luchando por la democracia. Y también durante el tiempo de Illia. Un gran director fue Norman Ingrey. Un hombre que estaba trabajando antes en China, y después en Chile. Un tipo itinerante. Que decidió vivir y trabajar en Argentina. Recuerdo a su hijo, un banquero, que trató de influenciar a su padre para que publique una noticia sobre el banco.

Un momento bisagra sin duda fue la Guerra de Malvinas.
Yo no estaba en ese momento. El director era James Neilson, que tuvo que refugiarse en Uruguay por las amenazas pero al mes regresó.

Usted se tuvo que ir también por amenazas.
Amenazaron a mi familia. Primero a mi chico de 11 años, fue horrible. Y después trataron de secuestrar a mi señora.

Qué distinto en un mundo tan digitalizado, tan virtual. Donde uno cree que la palabra o el pensamiento se evapora en WhatsApp o en un email.
Si, exacto. Son momentos que no son momentos realmente.

Yo no quiero pecar de nostálgico, pero la fuerza de un medio...
Usar el pasado para seguir con el presente. El periodismo es una vocación. Es un oficio. Porque yo no creo que sea una profesión. Yo creo que todo el mundo tiene que participar. Muchos periodistas que he conocido no fueron a la universidad. Es mucho mejor que fueran, obviamente, mientras más educado mejor. Pero al mismo tiempo yo creo que es una vocación, porque uno está representando la gente. No quiero usar esa palabra pueblo, porque ha sido tan mal usada.

Manipulada.
Manipulada por el populismo.

La primera vez que entro al diario, que cruzó la puerta y entró al diario. Y el día que se fue del diario. ¿Lo recuerda?
El día que yo llegué el diario estaba con (Hamilton) Thomson, que me contrató de Inglaterra. Increible, ¿no? Yo llegué a un país que mi padre siempre tuvo el sueño de emigrar. Pero mi madre dijo que no. Ella era muy inglesa. Y entrando al edificio que todavía existe, que es una maravilla el edificio. Entrando ahí recuerdo el olor del lugar. Abajo estaba la imprenta. Increible todo ahí. Un diario con espíritu de lucha, porque el Herald era tan democrático que apoyó huelgas. Sentí que entraba a un lugar con historia.

De que año estamos hablando Cox?
El 4 Abril de 1969, cuando Argentina estaba tratando otra vez de conseguir la democracia. Recuerdo que me mandaron a casa diciendo: ‘los momentos son difíciles, pero estamos tratando otra vez de ser un país democrático’.

Y cuándo fue el día que cruzó esa puerta pero para irse?
El 17 de diciembre del 79. Estaba por escribir una nota. Use la palabra “au revoir” porque mi idea era volver lo más rápido posible. Pero realmente tuve que sacar la familia. No supe que era tan peligroso hasta muchos años después, cuando tuve la posibilidad de ver los documentos. Para mi era imposible escribir ese artículo hasta que un gran amigo mío y del diario Harry Ingham me llevó a comer un bife con mucho vino. Después si, regresé y escribí el artículo con la esperanza de volver. Finalmente fue posible de volver pero en ocasión (de la asunción del presidente Raúl) Alfonsín. Y tuve la gran experiencia de estar en la Casa Rosada cuando el toma la bandera y el bastón de mando.

Legado del Buenos Aires Herald
Por: Adrian Bono, @AdrianBono
Mi paso por el Buenos Aires Herald fue fugaz pero consecuente. Fugaz porque fueron sólo tres años de sus 140 de historia. Consecuente porque me llevé un aprendizaje periodístico invaluable, amistades únicas y porque me inspiró a fundar el que hoy, tras el cierre del Herald, es el único medio de comunicación en idioma inglés de Argentina.

Allá por 2009, la industria de los medios ya miraba con desconfianza al iPhone, a Twitter y a todo aquello caracterizado como “disruptivo.” Durante tres años como redactor y editor de su sitio web, aprendí no sólo sobre la práctica periodística sino también sobre su pasado heroico durante la dictadura militar, cuando a pesar de ser un medio “chico” decidió denunciar los horrores de la dictadura cuando muchos (o todos) miraban hacia otro lado.

Fue durante ese tiempo que conocí al legendario Robert Cox, a aquel periodista inglés que tanto había oído nombrar por los pasillos de la redacción y que hoy, siete años después, es un amigo con quien, desayuno de por medio, charlamos sobre el estado actual del periodismo y debatimos sobre política.

Pero al Herald le costaba aggiornarse . Tras tres años de frustraciones y diferencias sobre audiencias y estilo, decidí alejarme y crear un sitio web de noticias en inglés sobre Argentina y la región que le hablara al público extranjero de una forma con la que se pudiera identificar y brindando el contexto necesario para entender la realidad del país.

The Bubble, lanzado en 2013, nunca fue concebido como una competencia del Herald. Al contrario, consideré a ambos como medios complementarios ya que cada uno apuntaba a generaciones muy diferentes con estilos muy diferentes.

Tras el cierre del Herald, The Bubble se convierte hoy en el único medio en inglés de Argentina y asume la gran responsabilidad de comunicar las complejidades y costumbres del país en un clima altamente hostil para los nuevos medios, que se ven desafiados de manera constante por la redes sociales y el fenómeno de las fake news. En la actualidad ningún medio – mucho menos nosotros – es inmune al avance de las tecnologías y a los cambios a la hora de consumir información. Ni hablar del desafío que implica monetizar un medio cuando los millennials y los Generación Z argumentan que la información es un derecho y por ende no deberían pagar por ella.

Son todos estos cambios los que, sumados a una paupérrima administración, terminaron por convertirse en la tumba del Herald, a pesar de que su equipo de periodistas luchó con profesionalismo hasta el final. Hoy el diario ya no está pero deja una marca indeleble en la historia argentina.

En el año 2011 me tocó cubrir la ceremonia que se realizó por el primer aniversario de la muerte de Néstor Kirchner en Plaza de Mayo. Entre las miles de personas que había esa tarde frente a la Casa Rosada decidí acercarme a una mujer que se sentaba en silencio en un banco. Me llamó la atención que entre tantos sollozos y cánticos, ella estaba sola y parecía en calma. Me acerqué para preguntarle por qué estaba ahí, a lo que ella respondió: “¿De qué medio sos?”.

“Buenos Aires Herald,” le dije. Inmediatamente se levanto emocionada y me abrazó fuerte. “Nunca lo leí porque no hablo inglés… pero hoy muchos no estarían vivos si no fuera por ustedes.” Le devolví un largo abrazo mientras me agradecía.

“De nada,” le respondí reconfortándola a pesar de nada tener que ver con esa audaz generación de periodistas que más de 30 años atrás había decidido ponerse del lado correcto de la historia cuando nadie más lo hacía. Ambos lo sabíamos. En el momento no importó. Ese es el legado del Buenos Aires Herald.
CEO & Founder | The Bubble

El mate, el whisky y la caña compartiendo escritorio
Por: Alejandro Sangenis, @alesangens
El Buenos Aires Herald, fue mi primer trabajo en un diario. Como estudié en Inglaterra , fue un lugar natural al que llegue a través de dos brillantes intelectuales, Florencia Cortez Conde y la licenciada en Literatura y máster en Stanford , Dominique Kliagine. En mi familia leimos siempre el Herald. Junto con la revista Gente fueron los medios gráficos que llegaban a casa con la edición vespertina del diario La Razón.

Me tocaron años intensos: 1983 pos guerra de Malvinas hasta el 86 justo antes de la mano de Dios de Maradona a los ingleses. Entrar físicamente a la redacción de Herald era una experiencia antroplógica. El mix que se daba entre los ingleses, escoseses, irlandeses, descendientes británicos y argentinos bien criollos , trabajando codo a codo con respeto y afecto. Adonde el mate, el whisky o la caña circulaba en los momentos adecuados como por supuesto el emblemático British tea.

Mi derecho de piso fue en la mesa de noticias. Cortar cables y editarlos para la mesa internacional de noticias. Los títulos de esos cables generalmente apabullaban de información de atentados en el mundo. Inolvidables los sabios consejos de aquellos viejos periodistas y correctores británicos que recibi generosamente. Como también ver a un ingenioso y muy hábil “director de arte” que con un piolín les daba las medidas exactas a los redactores y editores fotográficos para “plantar” las notas. Los deadlines o cierres eran estrictos. A veces el intercambio de conversaciones y ordenes en inglés se confundían con alguna ocurrencia de algún miembro del staff , bien proviciano que hacia reir a todos. En otros momentos , solo se escuchaban los frenéticos tecleos de las maquinas Remington y mas tarde de las primeras computadoras.

Se sentía y se percibía el un profundo respeto por la trayectoria del diario y de los grandes que lo integraron como Robert Cox, James Neilson, Andrew Mc Leod, Eric Weil (un prócer del deporte internacional –hockey su especialidad- y reconocido junto a Graciela Ortiz y Federico Coronado yo en la parte de rugby que herede del gran Mc Kern conocido por su seudó- nimo de Free Lance, por tener un ecxelente equipo de Sports).

Todavia tengo también en mis oídos el ruido de la imprenta y sus operadores argentinos de mameluco azul y manos manchadas de tinta.

También la amistad con excelentes periodistas como Heather Briley , hoy una excelente corresponsal internacional, Cathy Taylor y tantos otros que siempre me dieron su sincera amistad y en quienes percibía un también auténtico cariño por nuestro país. Los fotó- grafos Carlos Pafaur y Pilar Bustello (hoy editora fotográfica de Hola Argentina) revelando sus materiales y festejando juntos en el cuarto oscuro que las fotos en blanco y negro mostraban con veracidad una manifestación o un try de Los Pumas.

La vuelta a la democracia y los años de Alfonsin con la explosión de los Derechos Humanos y levantamientos militares, los avatares políticos y sociales, la excelente sección cultural en donde se destacaban las increíbles columnas de análisis literario de la ya mencionada Dominique Kliagine, fueron reflejados en el idioma de Shakespeare y con una maravillosa capacidad de sincretismo entre la mirada británica y argentina. Con pureza , estilo (se utilizaba un inglés escrito con un registro apenas mas rebuscado o tradicionalista el que se usaba en el mismísimo Times de Inglaterra).

Nunca importaron los dueños, si eran británicos, norteamericanos o de donde fueran. El Herald tuvo identidad propia. Aun cuando se intentó una versión castellano “El Heraldo de Buenos Aires” adonde tuve la alegría de compartir la redacción con amigos como Alejandro Fabbri y otros.

Mi recuerdo a todos ellos , con la dulce melancolía de lo que fue y la esperanza de que vuelva a ser. Fue un gran honor trabajar en el ahora mítico Buenos Aires Herald.
Periodista ex redactor del Buenos Aires Herald. Consultor en comunicación

Celebramos una vida que tuvo sentido
Por: Jayson McNamara, @JaysonMcNamara
El cierre del diario Buenos Aires Herald es una enorme pérdida para los lectores argentinos quienes, hasta el viernes pasado, habían gozado de décadas de información seria y de perspectivas informadas y muchas veces desafiantes al poder de turno.

Pero el potente legado del Herald quedará para la formación de nuevas generaciones de periodistas éticos y resistentes a la mentira oficial. Y paradójicamente, como con la muerte de un querido y sabio abuelo, hoy debemos celebrar una vida que tuvo sentido.

En palabras de Robert Cox, ex director del Herald, “si hay una manera de lograr una sana convivencia entre nuestras ideologías y nuestra profesión es a través de la noción de que el periodismo son los derechos humanos”.

Su diario había apoyado el golpe de estado del 24 de Marzo del 1976. “Fue una situación irónica -decía Cox en su dramático testimonio en los juicio a las juntas de 1985- en que creíamos que a través de una dictadura el país iba a poder consolidarse como democracia‘.

Su entusiasmo duró poco. En julio de ese año Cox publicaba en tapa la primera de una serie de crónicas sobre la masacre de San Patricio en la que integrantes de las Fuerzas Armadas habían asesinado a sangre fría a 3 sacerdotes y 2 seminaristas palotinos en el templo de la iglesia San Patricio en el barrio porteño de Belgrano.

“Fue la nota que más me costó escribir en mi vida -dijo el testigo Cox en 1985- porque nadie, ni yo especialmente, quería creer que un asesinato tan atroz había sido llevado a cabo por agentes del gobierno”.

En las sombras de un país reprimido y silencioso, el diario de habla inglesa y de tradición liberal se convertía en un oasis de verdades. Los militares no lo vieron venir. Pero también fue un refugio para los parientes de un creciente número de víctimas.

Cox había estado en la Plaza de Mayo inclusive antes de la famosa primera reunión de las 14 fundadoras de Madres de Plaza de Mayo, aquel 30 de abril de 1977.

“Fui una noche, era casi la medianoche. No me presenté como periodista, simplemente me senté con ellos en los escalones de la estatua de San Martín a escucharlos. Estaban enloquecidos. Se reunían a esa hora porque querían ser los primeros en sacar los únicos 10 pases que daba el Ministerio del Interior para consultarse con algún funcionario”.

Poco tiempo después el diario informaba sobre la formación de las Madres y Abuelas, y actuó fuertemente en su defensa al publicar noticias y editoriales sobre sus varios intervenciones en espacios públicos en todo el país y, luego, en el exterior.

Cuenta la esposa y colaboradora de investigaciones de Robert, Maud Daverio, que para mediados de 1977 había empezado a ver cambios en la redacción del diario.

“Si Bob se olvidaba de su billetera, yo se la llevaba. Llegué un día el Herald y vi una cola inmensa de personas que querían entrar a hablar con Bob”. Cox cree haber recibido más de mil personas en los 4 años de dictadura que dirigió el diario (entre ellos Alfredo Astiz quien es esa época se presentaba como el pariente de desaparecido “Gustavo Niño”).

La redacción, entonces ubicada sobre la calle Azópardo, fue una especie de consultorio donde el inglés y sus colegas ofrecían contención emocional a los parientes. De los casos que terminaron publicados en el diario, hay evidencia de que el Herald colabor ó en la salvación de por lo menos 10 vidas, entre ellas las de 6 menores de edad.

Pero la historia se sigue escribiendo.

En un evento el año pasado en el templo de Bet El -comunidad que fundó el rabino Marshall Meyer-, pude presenciar un momento sumamente surreal y conmovedor. Una señora desconocida se paró para dirigirse a Cox: “Vine en representación de mi familia para agradecerle personalmente”, le dijo. “Ustedes salvaron la vida de mi hermano”. Su hermano fue ni más ni menos que un trabajador de la imprenta donde se imprimía el Herald.

Cox abandonó el país junto a su familia en diciembre del 1979 luego de un intento de secuestro a Maud y una carta amenazante que le llegó a su hijo de 11 años, Peter.

Hoy decimos adiós al diario que hasta el viernes preservaba el legado de Cox y de otros grandes periodistas como James Nelson, Andrew Graham-Yooll y Uki Goñi.

Pero con optimismo y esperanzas le damos la bienvenida a una nueva etapa de enseñanza y reflexión en que anécdotas como estas nos inspiran a los periodistas a ir ese toque más allá, anclándonos siempre en una comprensión de lo que son los derechos humanos: nuestra obligación.
Periodista australiano y director del documental El mensajero, que se estrenará en salas en todo el país a partir del 12 de octubre

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